DE ALFREDO MOLANO BRAVO EN EL EXPECTADOR
EL 11 DE NOVIEMBRE DE 1988 ERA UN viernes y el pueblo de Segovia, Antioquia, se preparaba para un largo fin de semana. A las 6 de la tarde los niños jugaban en el parque, las mujeres comadreaban en las heladerías, los hombres —campesinos y mineros— comenzaban a tomarse sus aguardientes; en el bar Johnny Key ya no cabía un alma. A las 7 de la noche entraron al pueblo tres camperos disparando a diestra y siniestra sus ametralladoras y lanzando granadas en bares y cantinas. La Policía se acuarteló y no hizo frente a los asesinos “por miedo a herir a la población civil”; el Ejército no se dio por enterado de la masacre, que dejó 40 muertos y medio centenar de heridos. A las 8 de la noche se desató un aguacero que volvió la Calle de la Reina un río de sangre. La masacre tuvo un objetivo: castigar al pueblo —un tradicional botín electoral del liberalismo— por haber votado por la Unión Patriótica. Toda la región —Amalfi, Remedios, El Bagre— es tierra de gran riqueza aurífera. La Frontino Gold...