La godarria renacida
EN LAS FAMILIAS DE LOS Conservadores no hay maricas. Nunca, ni uno solo,
ni entre los primos lejanos, ni entre los tíos cercanos, y menos entre los
hermanos, jamás.
A este pecado lo
llaman homofobia y para ellos los liberales son eso: homfobós. Todas sus
bodas son heterosexuales y felices, porque los godos no son infieles tampoco:
los matrimonios les duran toda la vida, porque ellos nunca han deseado a la
mujer del prójimo, ni fornican, ni se masturban, ni se les ocurren malos
pensamientos. Además tienen muchos hijos: todos los que mi Dios les quiera
mandar. Los neocons no beben; tal vez bebieron en la lejana juventud, pero
ahora no se toman ni un vinito disuelto en agua bendita. No han probado la
marihuana. ¿La coca? ¿Qué es eso? No les falta la corbata ni siquiera al
desayuno: los godos siguen las formas, visten a la antigua, se reconocen entre
ellos por los zapatos recién embetunados.
Los conservadores
oyen misa entera todos los domingos y fiestas de guardar. Comulgan con la
cabeza gacha. Y rezan el rosario. Y el Magníficat. Y los mil Jesuses. Dan
limosna a los gritos. Se confiesan (¿pero de qué?) por Pascua de Resurrección.
Los godos creen que lo que ha hundido a Colombia es la falta de valores, el
alejamiento de la práctica de los sacramentos, el olvido de Dios. ¿La pobreza?
La pobreza es (los godos saben inglés) “a blessing in disguise”, una bendición
disfrazada, pues ya lo dijo Jesús en el Sermón de la Montaña: bienaventurados
los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Los godos no tienen
sexo antes del matrimonio; postergan el gustico. Llegan vírgenes a la luna de
miel, hembras y hombres. Odian la píldora (que vuelve adúlteras a las mujeres)
y el condón (que propicia la promiscuidad). Los conservadores quieren prohibir
la dosis personal, que es causa de la perdición de nuestra juventud. Y creen
que es conveniente que la gente permanezca en la clase en la que nació, sin
pretender subir, sin que impuestos indebidos los hagan bajar. La herencia, el
patrimonio, la tradición, la familia: ahí están los bastiones de la nación.
Los godos son
antisemitas, porque detestan que muchos judíos tengan plata. Admiran los
regímenes árabes teocráticos, porque allá sí se toma en serio la religión. Y
odian el aborto, los métodos anticonceptivos, porque así se atenta contra la
vida humana. Pero adoran la pena de muerte, eso sí. Y bendicen las armas, las
defienden, y veneran al Ejército; ven un General y tienen una erección, le
besan la espada como al obispo en anillo, y quisieran que todos los ciudadanos
de bien (y ellos definen quiénes son los de bien) andaran armados, para
defender el honor de la patria (los godos aman la palabra “Patria” y la
pronuncian con mayúsculas) y para matar a tanto guerrillero que anda suelto por
ahí.
Para resumir: lo
que define a los godos es la hipocresía. Son hipócritas. Porque predican todo
esto y viven en concubinato. O son tan infieles como cualquier otro. Y no salen
del clóset porque son cobardes. Y van donde las putas a horas más oscuras, esperando
que nadie los vea, y se ponen condón (porque saben que les previene la
blenorragia). Y evitan los hijos cuando ya tienen dos. Y se emborrachan tanto o
más que nosotros, pero se hacen los que no. Y han probado de todo, pero al
escondido, y negándolo incluso por la santa cruz. Y adoran a los pobres,
supuestamente, pero nada les interesa más que la plata, los negocios, y no sólo
salir de la pobreza sino acrecentar por cualquier medio la riqueza. Y se creen
impecablemente vestidos pero los pies les huelen y el cuerpo les suda, y van al
baño, y hieden como cualquiera de nosotros, no son cuerpos gloriosos. Y hablan
tan mal inglés como nosotros, pero disimulan mejor. Y les aprieta la corbata, y
les estorba, pero las formas son las formas.
Y son antisemitas pero contratan a
Yair Klein, que les enseña a matar, y no mueven un dedo por los palestinos. Y
dicen amar la Patria, pero sacan de ella sus ahorros y sobornan a los
funcionarios de Catastro, y capan impuestos. No llegan vírgenes al matrimonio.
Y cometen adulterio. Y se hacen la paja.
Y son tan humanos como nosotros, sólo que viven en un mundo ficticio: un mundo
del deseo, del sermón moralista, de los grandes aspavientos éticos. Son una
farsa asquerosa y en su carita de falsos santos se les ve. Como este hijo que
le resultó al gran Legionario de Cristo. Basta escarbar un poco. No nos dejemos
engañar.


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