Legalizar el Comunismo?
¿Legalizar el comunismo?
Por Álvaro Forero Tascón
La guerra contra las Farc nunca
fue una guerra contra el terrorismo, siempre ha sido una guerra contra el
comunismo.
Por eso, a algunos colombianos no
les cabe en la cabeza hacer la paz con el comunismo. El “rechazo a la
impunidad” de los enemigos del proceso de paz es más una cuestión de ideología,
que de justicia y de derechos humanos. Perdonar los delitos de los cabecillas
de la guerrilla y permitirles acceso al Congreso equivale, para algunos, a
legalizar el comunismo en un país en que ha estado proscrito en la práctica
durante cincuenta años.
El establecimiento está dividido
frente al tema porque es consciente de que Colombia ha sido una isla en un
subcontinente dominado recientemente por gobiernos de izquierda, gracias al
efecto de anestesia que ha ejercido el conflicto armado interno. Que una vez
superada la guerra, la izquierda recobrará la legitimidad política de que ha
carecido en medio siglo, y que las condiciones de desigualdad, informalidad
laboral, atraso del campo, clientelismo y corrupción, hacen de Colombia un país
fértil para el discurso de izquierda.
La parte del establecimiento que
apoya a Uribe considera que la única salida es mantener apremiado al comunismo
por la fuerza, hasta exterminarlo o deteriorarlo tanto que no haya necesidad de
admitirle expresión política. La parte que respalda a Santos prefiere ir
descompresionando la olla a presión social con reformas moderadas, incluida la
de la paz, por ser el único camino para desactivar el sector políticamente más
eruptivo de la sociedad colombiana: el campo, en dónde conviven la violencia,
el narcotráfico, la propiedad ilegal, la minería ilegal, la inequidad racial,
la falta de educación, de oportunidades y el atraso, y desde donde se engendra,
financia y exporta gran parte de la criminalidad y el oleaje de descontento
social. Y que es, a la vez, el sector de mayor potencial de crecimiento
económico en el futuro.
En las próximas elecciones se
pondrán a consideración de los ciudadanos ambas posiciones, aunque
descontextualizadas por el populismo y el clientelismo, que son las armas
electorales de uribismo y santismo. Son dos propuestas definidas por el tema de
la paz pero que van mucho más allá. La propuesta de Santos está basada en la
modernización del país por vía de mayor equidad y mayor democracia, y la de
Uribe, en administrar la problemática nacional regresando a la receta de
populismo militarista, caudillismo absolutista y favorecimiento sin límites de
la inversión.
Al final, las dos son fórmulas
para enfrentar la amenaza de contaminación de izquierdismo populista del
vecindario, para preservar el modelo de libre mercado y la estabilidad política
y económica. Una represiva y la otra evolutiva. Una propende por el conflicto
político, la otra por el consensualismo. Una cree en extremar las tesis
conservadoras, la otra en regresar a la tradición liberal para ir hacia el
centro. Una usa la diplomacia ideológica, la otra la pragmática. Una
demagógica, la otra tecnocrática.
Para quienes viven aún en la
lógica de la Guerra Fría, la paz legalizaría en la práctica el comunismo. Pero
la Guerra Fría es una esquizofrenia del pasado. Continuarla es condenar a
Colombia a una violencia inhumana.
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