MESTIZAJE, IDENTIDAD ÈTNICA DE LATINOMÈRICA
Desde el descubrimiento del continente americano por las sociedades europeas hace más de 500 años, la historia de Latinoamérica ha sido forjada por la mezcla de diferentes etnias que, en el espectro de su gran diversidad, se podrían clasificar a groso modo en tres tipos: blancos, aborígenes y negros. Al resultado de tal mezcolanza es lo que llamamos mestizaje. Este término ha pasado de tener tonos peyorativos, connotativo de impureza racial y representativo de las capas bajas de la sociedad, las clases subyugadas, a ser un concepto o una idea situada en el espectro opuesto, es decir, a ser motivo de orgullo, el rasgo unificador y de identidad no ya de gentes de alguna nación americana en particular, sino de toda la región Latino-Panamericana. En la actualidad, el mestizaje está pasando por un proceso de re-definición, para adaptarse al fenómeno de la globalización que afecta a todas las comunidades del planeta.
Tanto los españoles, como el resto de las sociedades de Europa, marcaron sus contactos con los pueblos indígenas americanos en términos de una impuesta superioridad de poder de los primeros con respecto a los segundos. Las razas determinaban las diferentes ‘castas’ sociales, dependiendo del grado de oscuridad del color de la piel. El propio concepto de raza es todavía un concepto controvertido, ya que no tiene base científica (tal y como se pretendía afirmar en siglos y décadas pasadas) puesto que basa la clasificación de “las categorías humanas por fenotipos” (Latin, 25), arbitrariamente eligiendo el color de la piel como rasgo prioritario y determinante del status biológico y social. En cualquier caso, los indígenas y posteriormente los negros africanos (traídos como esclavos) se encontraban en el escalón inferior de la clasificación de los ‘científicos’ sociales, que intentaban no ya explicar, sino justificar la injusticia y el subyugamiento al que estaban sometidos los bajos estamentos sociales, por parte de las clases “superiores”
Al principio de la colonización, el termino mestizaje connotaba contaminación, era una mezcla impura. De hecho, la iglesia católica tuvo que determinar si es que los ‘especímenes’ de gentes encontradas en la nuevas tierras eran o no seres humanos, es decir, si es que poseían almas. Se determinó que sí, y por tanto podrían no simplemente ser usados como animales, sino ser endoctrinados y hechos súbditos ‘protegidos’ por la corona. Para los reinos católicos de la península ibérica la misión de cristianizar el imperio era una de las prioridades, pues querían que las tierras americanas fueran un reflejo de la sociedad castellana. En ésta, los diferentes estamentos sociales tenían distinta importancia y representación política (solo las almas en el juicio final son iguales ante Dios; en la Tierra, la gente vive en un ‘valle de lágrimas’)
El subyugamiento de la población aborigen comenzó con la llegada de los conquistadores peninsulares, “una temprana aristocracia colonial” (Gibson, 48) a quienes se compensaba con la adjudicación de una Encomienda, un extenso terreno para que fuese trabajado por los indígenas que la corona ponía a su cargo, a cambio de que el encomendero protegiese las conquistas y cristianizase a la población. Se produjo así, de hecho, una “esclavización en gran escala” (Gibson, 49) Pero “como resultado de la explotación extrema de los indígenas se produjo un declive demográfico” (Panamá, 143) de los mismos, a lo cual contribuyó también, en gran escala, las enfermedades que los europeos portaron al nuevo continente, que diezmó a la población indígena, la cual, en su aislamiento histórico, nunca había sido expuesta a enfermedades como la viruela o el sarampión. Nos dice Gibson: “Los indios estaban casi extintos en las islas del Caribe hacia el 1540” (Gibson, 56). Debido a la escasez de trabajadores aborígenes, la jerarquía colonial, con la connivencia, el permiso y el monopolio comercial (al comienzo de la trata de esclavos) de la corona, transporta a las Américas grandes cantidades de esclavos negros de África.
Estas fueron, a grandes rasgos, las condiciones políticas y económicas que enmarcan la construcción social de la colonización de Latinoamérica, donde se produce el amasijo étnico. No es difícil de entender, pues, que, en términos coloniales, la mezcla con ‘razas inferiores’ fuese considerado como algo ‘sucio’. Esta actitud ‘irresoluta’ de la población era criticado por el clero que acusaba a la población blanca de ser “libertina y disoluta” (Panamá, 142) y pedía al Consejo de Indias que hubiese una selección más cuidadosa de aquellos a quienes se dejase venir. Pero esto es mejor dicho que hecho, ya que, aparte de los burócratas y delegados de los grandes cargos asignados por la corona, ésta no tenía mucho que decir acerca de quienes decidían saltar el charco. La mayoría de los peninsulares eran hijos segundones de la aristocracia, con nombre, pero sin fortuna, hidalgos y aventureros, pequeños comerciantes, artesanos, marinos y sicarios sin puesto de armas, y todos aquellos que buscaban la oportunidad de hacer fortuna en el nuevo mundo. Cuando llegaban, las prioridades no se centraban en la moral religiosa ni los modos sociales que, lejos de Castilla, tendían a perder valor o realidad.
Por otro lado, la población blanca que emigró a Latinoamérica era del “sexo femenino solo el 10%” (Panamá, 141), al menos así lo era en la sociedad de Panamá durante el siglo XVI, que puede muy bien servir de barómetro demográfico. La escasez del género femenino propició que los blancos se unieran a las mujeres indígenas que, por otro lado, eran “parte de la conquista” (Latin, 61) entendiendo esto en un sentido literal, ya que se puede interpretar el sistema de la encomienda casi como una vuelta al sistema feudal (y su consabido ‘derecho de pernada’). En cualquier caso, en clero se quejaba que había una suerte de competición entre los peninsulares por ver quien más pudiera “tener hijos con mancebas” (Panamá, 142) No tan descaradamente, pero así mismo conducente al aumento de la mezcla, lo fue el hecho de que miembros de la nobleza o de las más altas clases de la sociedad blanca se unieran en matrimonio con mujeres pertenecientes a familias nobles indígenas, no tanto por respeto, sino por mera necesidad biológica, y por mantener ciertas capas de la sociedad, con capacidad para llamar a sublevación, acallada .
El modelo patriarcal de la sociedad peninsular se trasladó al sistema social colonial, aunque debido a las circunstancias especiales del continente, la mujer blanca disfrutaba de mejores derechos políticos y de propiedad que en Castilla. De todos modos, las mujeres blancas en las colonias eran muy controladas para mantener la ‘pureza de sangre’ lo cual no parecía aplicarse a los hombres, y menos cuando tanto la mujer indígena como la negra, como la mestiza o mulata, no eran sino mercancía que podíase usarse a conveniencia (al fin y al cabo, aunque humanas, eran inferiores, meras siervas). Un reflejo de esta terrible corrupción moral es mostrado por Clorinda Matto de Turner en su libro “Aves sin nido”, donde la autora denuncia la subordinación de los indígenas en manos de las clases privilegiadas. Esta obra, aunque dentro de un marco paternalista y romántico, lejos de tonos sumamente radicales, al reflejar como un espejo la cruda realidad a sus perpetradores, le costó a la autora la expatriación.
Los imperios coloniales, español y portugués, fueron perdiendo su esplendor de manera proporcional al avance del sentimiento nacionalista en el continente americano. Cuando se produce la consolidación del poder político en las clases privilegiadas mestizas, los criollos, el mestizaje pierde su tono semántico despreciativo. De hecho, héroes independentistas como Simón Bolívar “usaron el concepto de mestizaje para argüir que los súbditos de la España colonial no eran españoles y deberían ser independientes” (Latin, 27). En 1815, en su “Carta de Jamaica” Bolívar asegura que “no somos indios, ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles” (monografías.com), y añade en su “Discurso ante el Congreso de Angostura”, que los mestizos son “nacidos todos del seno de la misma madre” (monografías.com), refiriéndose, por supuesto a la madre patria, panamericana.
Otro gran ideólogo independentista, el poeta y político cubano José Martí, también asevera que “las nuevas naciones deberían ser fieles al mestizaje de su propia creación en lugar de adoptar ideales extranjeros” (Latin, 27), porque, tal y como nos informa en su obra “Nuestra América” el mestizo es “una raza original” (Nuestra América, 38) En su artículo: “La invención de la identidad mestiza: Reflexiones sobre la ideología del mestizaje cubano”, Luis Duno-Gottberg, llama a este cambio de contexto el “paradigma del mestizaje como mito conciliador de la nacionalidad” (Identidad Mestiza, 1), y añade que “el mito respondía bien a un fundamento rector de proyectos liberales que buscaban disolver las conflictivas diferencias étnicas que ‘minaban’ cierta idea de la nación” (Identidad Mestiza, 1). Con la conversión del mestizaje en un símbolo de identidad panamericano, se consigue que éste “se constituyera en una ‘realidad evidente’, en una creencia irrefutable, un proyecto etnopopulista de la nación” (Identidad Mestiza, 1) Esta visión idealizada del mestizo está muy lejos del “Cholo”, la figura marginada, “rechazada por ambos, los blancos y los indígenas” (Latin, 28) porque, efectivamente, también los indígenas ”a veces rechazaban a los mestizos por abandonar el lado indígena de la ecuación” (Latin, 27).
Pero esta versión del mestizaje del criollo liberal, de la elite ilustrada, independentista y nacionalista, aunque sincera, en cierto modo no deja de ser una idealización romántica y, si quisiéramos ser cínicos, una excusa política. Un ejemplo de esta interpretación insolente puede encontrarse en el uso político que el dictador Rosas hizo de su gauchismo en Argentina. Domingo F. Sarmiento nos informa que “los gauchos (era una) raza peculiar de hombres que se ven en las pampas i están entre el europeo i el indígena” (Facundo, 8). Una de las causas del populismo del caudillo populista Rosas fue su pertenencia a esta casta mestiza. Esto nos da una idea de la versatilidad, la resistencia y la atracción cultural y social que tiene el fenómeno del mestizaje. En todo caso, como estrategia política, el mestizaje funcionó históricamente y se convirtió en uno de los catalizadores de un cambio de mentalidad y percepción cultural.
A medida que el concepto del mestizaje evoluciona, se debe considerar el vocablo más allá del aspecto biológico y político, y contextualizarlo dentro del ámbito cultural. En nuestro periodo postmodernista, cuando existen movimientos sociales como el Zapatismo indígena de Chiapas, el aspecto étnico, aunque enfocándose más en las culturas locales, al mismo tiempo abarca “muchas nacionalidades y etnias de emigrantes nacionales e inmigración internacional” (Latin, 321), con lo que al término del mestizaje, tenemos que añadir el del pluralismo y el de la cultura abierta. Hoy en día, en la edad de la comunicación y la globalización, la mezcla étnica es una evidencia aceptada y asumida. Más allá de haberse convertido en un símbolo de identidad regional o de panamericanismo, el mestizaje es más bien una realidad global, que fusiona las raíces culturales locales, que se comparten a través de los medios de comunicación, y que se universalizan a través del contacto humano de los pueblos, sin fronteras de raza y cultura.
REFERENCIA
-Burn, Bradford E., Charlip Julie A. “Latin America an Interpretive History” Prentice Hall, 9th ed. Boston, 2002.
-De Turner, Clorinda Matto, “Aves sin nido” 1st Ed. Fundación Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1994
-Gibson, Charles, “Spanish America” (Excerpts) pp. 48-67 Harper Collins 1966
-Gottberg, Luis Duno, “La Invención de la Identidad Mestiza: Reflexiones sobre la Ideología del Mestizaje Cubano” Estudios, Revista de Investigaciones Literarias y Culturales, No. 19, pp. 35-53 Caracas, 2002
-Martí, José, “Nuestra América 2nd Ed. Fundación Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2005
-Molina, Ricardo Adán Meza, “Ideario político y social de Simón Bolívar” Monografías.com: http://www.monografias.com/trabajos97/ideario-politico-y-social-simon-bolivar/ideario-politico-y-social-simon-bolivar2.shtml#ixzz2wdpcDzWH
-Sarmiento, Domingo F., “Civilización i Barbarie en las Pampas Argentinas” 4th ed. Librería Hachette y Cía. París, 1874
-Villaverde, Rina, “La Sociedad de Panamá en el Siglo XVI” Revista de Historia de Amé, rica No. 118 (Jul.-Dec.) pp. 139-146 1994
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